jueves, 2 de febrero de 2012

Afuera

Todo aquel pensar en cosas viejas: cerillos, cerveza, revistas... removió en lo profundo de su mente el recuerdo de la última vez que estuvo en la superficie. En aquella ocasión la llevaron al mar. Casi toda su generación conocía la playa, aunque fuera de lejitos. No siempre se podía pasear en ellas ya fuera a causa de la violencia o de la contaminación, pero el sonido del mar y su brillo lograban cautivar casi a todos. Para los que no gustaban de esa suerte de sopa primigenia (ya fuera por el petróleo, el mercurio o los pañales) existían los campos: verdes, con bastos cielos azules y montañas que le daban la sensación a Camila de que el mundo era enorme, claro que, en ese entonces, verdaderamente todo en el mundo era enorme para ella...
Camila estaba aburrida. Había olvidado recargar las pilas y no había remedio, de todos modos no habrían durado más de dos horas. Tanto ocio y nostalgia le hicieron recordar las noches jugando con la HSC, era mejor que cualquiera de los vejestorios de batería inservible que tenía que utilizar ahora. Mientras pensaba en ello se tocó las yemas de los dedos con el pulgar para sentir las conexiones que nunca volverían a funcionar, la de la frente se le había desprendido hacía dos años dejando una pequeña marca similar a un Bindi. No entendía cómo era posible que emocionaran tanto a la generación de sus padres y abuelos si eran objetos pesados, lastimaban los ojos y estaban limitados a dos dimensiones. En fin, colocó la cabeza en la almohada esperando que el sueño viniera a transportarla a un mundo donde pudiera conectarse con la HSC en la playa. Pero pasó un tiempo muy largo, horas tal vez, y no sucedió.

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