Sorbió el líquido dorado con deleite. Tenía años que no probaba una gota de él.Apenas había le había dado tres tragos(claro, tres tragos que casi vaciaban el vaso) cuando empezó a sentir que el calor subía por su cuerpo. Desde el otro extremo de la habitación Madison le dirigió una sonrisa perdida, como de imbécil. Seguramente era el alcohol. Hacía 40 años cualquier persona se habría burlado sin miramientos de su sensibilidad. Pero ahora se sentía orgullosa de poder presumir que era uno de los pocos seres de su edad que alguna vez había probado la cerveza. Se sintió eufórica y a la vez abstraída, como si pudiera pensar con más claridad que nunca. Se dio cuenta de su error cuando, al querer levantarse, se tambaleó y no pudo evitar reírse a carcajadas. Aún así, la diferencia con los aguardientes caseros de Andrés era maravillosa.
Para cuando llevaba cuatro cervezas ya no sabía leer la hora del reloj y apenas recordaba de qué había estado hablando con Madison. Al siguiente día ambas despertaron una cerca de a otra en aquel piso de madera, con la cabeza a punto de estallar y sin saber cómo era posible que no hubieran logrado llegar a la cama.
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